Lástima que terminó: El regreso a casa

Debo comenzar confesando que a estas alturas del viaje iba yo arrastrando un resfrío transformado en bronquitis obstructiva, adquirida en el Aeropuerto JFK de New York en el viaje de ida. Así que la reconstrucción de esta historia fue realizada recopilando información de las fotos, videos y memorias de las viajeras que sí estaban en condiciones de estar atentas a lo que pasaba durante el viaje.

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El regreso comenzó en el aeropuerto de Samui (USM), pequeño y acogedor, donde tomamos el vuelo de Bangkok Airways de regreso a Bangkok (BKK), que tarda 45 minutos en promedio. En la capital tailandesa tuvimos una escala breve, pero que nos permitió hacer las compras de los últimos recuerdos (lamento no haber comprado un set de palillos para comer!).

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Luego de 2 horas de viaje llegamos a Hong Kong (HKG), a esas alturas solo recuerdo haber pedido a la vendedora de una cafetería un té para usar el agua caliente como insumo para un remedio. No sé qué cara tendría, pero nos comunicamos en un inglés sembrado de las infaltables onomatopeyas y gestos que derivaron en que ella me preparara un té de limón y me tomara la frente a ver si tenía fiebre.

A eso de las 18 horas despegó nuestro vuelo con destino a Vancouver (YVR). No se imaginan la cantidad de chinos que iban en ese avión, o quizás sí, porque ellos son más de 1.300 millones (mil trecientos millones) de personas y en Vancouver se encuentra una de las siete colonias chinas más grandes del mundo, y la segunda mayor de norteamérica en la actualidad.

Tuvimos unas turbulencias dignas de thriller sicológico, de las que no recuerdo nada, y en los periodos tranquilos, nos habituamos a levantarnos del asiento y caminar hacia el baño. Solo para sentarnos en el suelo del pasillo estirando las piernas, o derechamente para echarme cuan larga soy (que es poquito) mientras se podía. Mención especial a las auxiliares de vuelo de Cathay Pacific que me dieron agua, antifaces para dormir, comida y compasión cada vez que pasaron por mi asiento.

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A las 6 de la mañana del día siguiente, tras 14 horas de vuelo y por la magia de viajar de huso horario en huso horario (lean el clasiquísimo “La Vuelta al Mundo en 80 días” de Julio Verne para entender en su máxima magnitud este fenómemo), llegamos a Vancouver. Lo que demuestra empíricamente que el tiempo es relativo: sentimos que viajamos 3 o 4 días, gracias a los llantos constantes de los pasajeros más pequeñitos del vuelo. No los culpo, quizás igual habría llorado de tener energía.

Lo mejor del Aeropuerto de Vancouver fue, por lejos, el suelo alfombrado de la sala de embarque donde pasamos desparramadas una hora, esperando el vuelo que nos llevaría de regreso a New York. Luego de elongaciones varias e intentos infructuosos de siesta, viajamos por 5 horas con destino a uno de los aeropuertos más famosos del mundo, si no el más famoso: JFK.

Creo que para nosotras fue por lejos la mejor escala de todo el viaje. Teníamos 13 horas disponibles entre el aterrizaje y la salida del vuelo a Santiago de Chile. Eso sí, es inevitable perder tiempo con los trámites obligatorios que deben cumplir los pasajeros, incluso en tránsito, en Estados Unidos. Luego de retirar nuestro equipaje, lo que debes hacer aunque sigas en el mismo avión y no salgas del aeropuerto, lo cargamos en un carro e hicimos lo que más queríamos hacer: mis amigas se fueron a recorrer lo que alcanzaran de la ciudad y yo me quedé anclada en tres asientos con un par de libros, paracetamol y agua al por mayor.

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Mientras tanto en La Gran Manzana…

Tras llegar al famoso JFK, para nuestra suerte a la puerta de salida N°8 (que cuenta con servicio de custodia, por que no en todas las partes de los aeropuertos hay), dejamos nuestras mochilas por USD $7 (CLP $4500 aprox). Más otro bulto: nuestra pobre Polly Pocket que estaba muy enferma y no pudo acompañarnos. Así que siguiendo las indicaciones de un buen amigo que ya se encuentra radicado en esa ciudad procedimos a: Salir del aeropuerto por la puerta 8. Cruzar la calle. Subir dos pisos. Tomar el Air Train (que es gratis). Y conectar con el metro de New York.

Al llegar al metro, un joven muy amable que tiene un kiosko en la entrada, nos vio la evidente cara de turistas y nos ofreció el ticket de 7 dólares que sirve para ir y volver al aeropuerto y un viaje más dentro de la ciudad. Lo compramos y subimos al metro, donde la fauna humana es diversa, casi tanto como en la selva tailandesa. Luego de casi una hora (sumando el air train y el metro) llegamos a la estación de acordada donde se produjo el encuentro con el cicerone personal de esta travesía express, Cristóbal.

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Cabe destacar que está todo perfectamente señalizado. La verdad es difícil perderse. Al salir de la estación del metro, nos encontramos de frente con la entrada del edificio del New York Times. Caminamos hacia un pequeño café para desayunar como corresponde y luego, como las locas, empezamos a caminar hacia Times Square, aquel lugar mágico lleno de luces y pantallas que encantan a cualquiera. Siendo una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, es fácil escuchar 10 idiomas diferentes en la esquina esperando el semáforo.

Luego de las fotos de rigor, seguimos caminando, visitando tiendas, pasando por fuera del Central Park, la hermosa y tradicional iglesia de San Patricio y por la Zona Cero, donde hay un gran memorial a todas las víctimas de los atentados del 11 de septiembre. Aprovechando la visita al sector financiero de Wall Street, fuimos a fotografiarnos con el famoso toro del Parque Bowling Green, el que según reza la leyenda te hará volver a New York si te atreves a tocar sus broncíneas y muy famosas gónadas. 

Esta superstición / tradición atrae a tantos visitantes que la estatua del toro está con una fila de gente esperando sacarse una foto haciendo el icónico gesto. Pero como somos chilenas, y hay cierta falta de respeto cultural hacia las normas o convenciones sociales, no hicimos fila porque teníamos poco tiempo, así que acercándonos por el lado cumplimos el objetivo y nos sacamos la foto. Luego de esa parada fotográfica, salió el sol y además llegó la hora de comer, así es que hicimos una escala de alimentación para tener las energías suficientes para seguir con nuestro recorrido.

 

De vuelta en el JFK

Mientras oía los reclamos de una pasajeras argentinas que esperaban a una amiga que viajaba en otro vuelo, por “tantos peruanos y chilenos en New York”, y que “ya no es lo que era antes viajar de compras acá, porque se está poniendo igual que Miami”, y con la resolución de “mejor la otra temporada vamos todas de shoppin’ a Italia”, desayuné y asenté mi cerebro.

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Cuando al fin se fueron las sufrientes compradoras, me dispuse a leer y de un tirón se me fue entre los dedos “Historia Secreta de Chile” de Jorge Baradit. Aproveché la pausa para buscar un lugar donde almorzar, pero la pésima dieta estadounidense que los mantiene siempre entre los más obesos del mundo, me complicó la tarea. La ensaladas las sirven con unos aderezos realmente asquerosos y las sopas parecían cremas con una espesa capa de grasa. Los sandwiches parecían salvar, porque encontré un Subway en un rincón donde se suponía que había comida “saludable”.

Mientras tanto en La Gran Manzana…

Si bien 13 horas de escala puede parecer mucho, se traduce a segundos recorriendo la Ciudad que Nunca Duerme. Nos dirigimos hacia el Rockefeller Center, lugar en el que se puede ver la pista de patinaje que hay disponible en invierno y en las otras temporadas es la terraza de un restaurant. Ya habían avanzado las horas así es que decidimos ir a la Ribera del río Hudson, desde donde se ve la legendaria Estatua de la Libertad a lo lejos.

 

Así terminó nuestro recorrido full, dejando los pies en Manhattan y sin duda, dejando muchos lugares para visitar en otra ocasión con el tiempo que New York se merece. Buscamos la estación de metro más cercana, entramos  y comenzamos el regreso hacia el aeropuerto. Llegamos con lo que quedaba de nuestro cuerpo para recuperar las mochilas dejadas en custodia y empezar el proceso de controles y demás antes de subir a un avión de regreso a Chile.

Un dato: Hay muchas formas de salir del aeropuerto, Transfer, buses, shuttle, taxis , pero sin duda el Air Train más Metro es lo más conveniente para el bolsillo. Puede ser porque el viaje incluye ratones en cada estación, pero hemos visto cosas peores. El aeropuerto esta bastante alejado del centro de Manhattan (35 kms aprox) por eso se demora casi una hora el trayecto al centro.

De vuelta en el JFK

Luego de avanzar algunas páginas de “El Gran Diseño” de Edgar Mlodinow y Stephen Hawking, llegó la hora de arrastrar el carro de mochilas y a mí misma hacia el counter del vuelo que nos traería a Chile. Tras los trámites clásicos nos encontrábamos listas para las 10 horas que nos llevaron a Santiago (SCL), de aquí ya no recuerdo nada hasta recoger el equipaje y esperar con una amiga que saliera su vuelo. De algún modo, a la mañana siguiente estaba todo de regreso a la normalidad de un abril cualquiera en la lluviosa región de Los Ríos.

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“Normalidad” con la obvia salvedad de la mochila, la tarjeta de memoria de la cámara, y los teléfonos LLENOS de recuerdos de un viaje cumplido.

Al despertar de la absolutamente necesaria siesta, ya comencé a pensar en la lista de próximos destinos para visitar… porque nunca es un solo lugar el que urge por conocer y disfrutar.

Recomendaciones:

  • No te enfermes: En este caso en particular fue la salida de un área de embarque a otra en el JFK, con sus correspondientes cambios brutales de temperatura, la que me resfrió y terminó desencadenando una ejemplar bronquitis obstructiva al término del viaje. Así que, aunque vayas al Caribe o al Desierto del Sahara, si haces escala en cualquier lugar donde sea invierno con -2° de temperatura, lleva una chaqueta, gorro o bufanda que te ayuden a sobrevivir
  • Lleva tus “medicamentos de cabecera”: Si estás en un tratamiento con fármacos lleva desde tu país los medicamentos y dosis que necesitarás. Puede que el medicamento que tienes recetado no esté disponible en otros países, lo mismo aplica para cremas u otros artículos especializados
  • Planifica tus escalas: Hay muchos vuelos con escalas realmente largas, hasta de 20 horas, que te pueden permitir salir del aeropuerto y dar un vistazo. Ojo: en varios países eso implica que debes pagar más impuestos por salir del área de tránsito
  • Contrata un seguro de viaje: En el maravilloso mundo viajero también hay que ser responsable. Si no viajas con agencia puedes cotizar alguno que incluya tomar un seguro que cubra posibles enfermedades, pérdida de equipaje, o en casos extremos, la repatriación del cuerpo de quien haya seguido el camino al Gran Viaje del Cielo. Algunas agencias de viajes también cuentan con un seguro “todo evento” que te devolverá gran parte de lo pagado en caso de que los imponderables de la vida te impidan viajar en el último minuto. Eso sí, la devolución no es inmediata
  • Si mides más de 1,60 m prefiere el asiento del pasillo: es un agrado ir mirando por la ventana, pero si tu vuelo dura más de 8 horas te darás cuenta que NECESITAS estirarte y molestar frecuentemente a las personas que se interponen entre tu asiento y el pasillo, te puede granjear algunas antipatías. Si te sientas en el pasillo podrás sacar tus piernas al pasillo cada cierto tiempo y eso te ayudará si las turbulencias impiden los paseos al baño
  • Check In estratégico: si haces tu check in y elección de asientos dentro de los primeros minutos que se abre el vuelo, puedes seleccionar tu asiento en las salidas de emergencia. Ese es el mayor espacio disponible entre asientos y te podrás estirar sin problemas. Ten en cuenta que para usar ese asiento debes hablar inglés (para seguir o dar instrucciones en caso de ser necesaria la salida de emergencia), y que en algunos aviones no puedes llevar equipaje debajo del asiento.

Agradecimientos al comité editorial de esta serie de posts sobre el viaje a Tailandia: Gaby y Glena. Por su paciencia en las revisiones y por los aportes para complementar mi memoria selectiva, reconstruir las escenas del crimen, y por ver lo que mis ojos no vieron, en El primer GRAN viaje.

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