Playa Colún 2: cuando arrastrarse también cuenta

Como habrán leído en Playa Colún 1: Cómo llegar a lo desconocido, el lugar vale 100% la visita.

Hoy sabemos que en cada viaje, paseo o visita, hay cosas que son necesarias planificar antes. Algo que no hicimos cuando pensamos en el tiempo que nos tomaría recorrer a pie esas distancias siendo un grupo de deportistas de nulo rendimiento, o de alto “rendirse”.

Con los 10 kilómetros de sendero + playa en el cuerpo, seguimos recorriendo las dunas de Colún. Ese fin de semana hubo muy buen tiempo así que no fue sorprendente encontrarnos con un grupo acampando en el lugar, con carpas instaladas entre dos dunas para protegerse del constante viento marino presente. Al parecer, es el mejor lugar para quedarse y evitar que se te vuele la carpa.

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Deslizándonos, lo más dignamente posible, por la ladera este de las dunas llegamos al bosque donde nos indicaron al ingresar que podíamos visitar la cueva con pinturas rupestres.

La buscamos. La buscamos un poco más hacia el este. Llegamos incluso a lo que parecían los restos de una casa. La buscamos de regreso.

No la encontramos.

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Así que nos sentamos a descansar y planificar el tiempo disponible y la intensidad de la marcha de regreso. Aún disfrutando del entorno volvimos a la playa al lugar más meridional de las dunas, donde se veía anteriormente los vestigios de la vida mariscadora de los habitantes de Playa Colún.

Nos dijeron que era un depósito de conchas de moluscos y caparazones de crustáceos notable y evidentemente organizado por la mano humana, por lo definido del espacio que ocupaba.

Tampoco lo encontramos.

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Se supone que estos vestigios arqueológicos están a libre acceso de los visitantes. Y lo están. Pero la falta de señalización o de educación de nosotros como visitantes, nos impidió encontrarlos. Según la editora y profesional del turismo (gracias de nuevo Glena!), quien visitó ese lugar años antes, aún quedaban evidencias a simple vista, sin embargo la ausencia de información al respecto hacía que fácilmente se pasara por sobre los conchales o a su alrededor moviendo la arena y cubriéndolos o rompiéndolos en el proceso.

Lo que sí encontramos en el lugar fue una piedrita oscura y plana. Un momento, parecía un pedazo de una piedra al que le sacaron trocitos adrede. En realidad, parecía una punta de algo… y sí, así fue como encontramos una punta de flecha, pequeña, tallada con cuidado para retirar las lascas que formaban el borde agudo que le permitieran perforar la presa y transformarla en alimento para su propietario.

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Supusimos que entre la cantidad de visitantes poco escrupulosos que tienen el hábito de llevarse “recuerdos”, el constante e inevitable cambio de las dunas producto del viento, la lluvia y el tránsito de quienes llegamos ahí, se cubrió la mayor parte de los tesoros de ese lugar y solo quedó a la vista la arena. Fuimos afortunados de encontrar lo poquito que encontramos.

Continuamos el regreso, envidiando un poco a los conductores y pasajeros de unas motocicletas que llegaron a esa hora, y a los pasajeros de un helicóptero que sobrevoló las dunas antes de dirigirse al sur, en dirección a Hueicolla. Haciendo un par de pausas para desparramarnos en la arena (sentarse era demasiado digno), tomar algunas fotos de nuestro patético estado, y a pesar todo seguir disfrutando el lugar, continuamos el camino.

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Mientras comenzó a bajar el sol, bajó también la temperatura. Así que apretamos el paso, o eso pensamos nosotros, recordando la importancia de llegar a tiempo para el último cruce del ferry. Además de comenzar a sentir sed y algo de apetito porque los suministros que llevamos ya habían sido comidos con agrado.

Creo que ya no sentía cansancio cuando comenzamos a subir el sendero por el bosque, pero fue el kilómetro y medio más largo de la vida. Estábamos en esa etapa en la que las piernas se mueven mecánicamente manteniendo una “velocidad crucero” y el dolor muscular es una especie de ruido sordo al fondo de tu mente. Cada curva nos hacía pensar que encontraríamos el portón y el auto… con sus seductores asientos y absolutamente sensual rapidez de desplazamiento.

 

Llegamos tras toparnos con vacas, aves y murciélagos. Nos subimos al auto y fuimos felices… los 2 minutos que la persona a cargo de la conducción tardó en descubrir que le dolían las piernas para hacer presión en los pedales del auto. Pero la perspectiva de llegar a la cama, distante apenas 90 minutos, y a alguna comida a 20 minutos, hizo el milagro conductivo del día.

La fila para el ferry era enorme.

Y por si fiera poco, el puesto de venta de comida más cercano tenía escaleras.

Como unos robots mal aceitados caminamos al negocio, compramos lo que había y nos sentamos a esperar lo inevitable. Todo regado con muchas, muchas, muchas risas y promesas de no volver a hacer algo así nunca más. Sospecho que la gente que nos veía también se reía.

Solo con fines narrativos les contaré que logramos cruzar, llegamos a nuestras casas y al día siguiente ninguno de nosotros fue capaz de hacer más que arrastrarse.

Fue el paseo más hermoso y más horrible que he hecho en un solo día ¿cómo no recomendárselo a todos ustedes?

Y sí, obvio que volveré.

Recomendaciones

  • USTED NO LO HAGA: Si no eres deportista (y aquí el espíritu y la actitud deportiva no cuentan) o no tienes el estado físico necesario para caminar 22 kilómetros en la arena en 10 horas máximo, no lo hagas
  • Para no morir en el intento puedes alojarte en Chaihuín y así contar con 4 horas más disponibles, hasta se puede incluir una siesta en las dunas luego del almuerzo con una buena planificación
  • Si el tiempo (cronológico y metererológico) lo permite, acampa en las dunas: La belleza del cielo estrellado una noche completamente despejada en un lugar con CERO contaminación lumínica te puede sorprender
  • Si tu capacidad física es igual o menor que la nuestra, contrata un tour con transporte motorizado: Hay varios operadores turísticos en la zona que te llevan a recorrer todo, incluyendo una colación y con el conocimiento necesario del lugar para que SÍ visites la cueva con vestigios rupestres.
  • No vayas solo: sé que hay personas que disfrutan acampar en soledad para desconectarse completamente del mundo. Pero en esta Reserva hay felinos, pumas y otros menores, que se pueden asustar contigo y hacer que tu estadía se accidente, cuando menos. Los humanos hacemos más ruido en grupos y así alertamos a los habitantes de la naturaleza de nuestra presencia, protegiéndolos de nosotros mismos y nuestras acciones
  • Si encuentras los restos arqueológicos que nosotros no, por favor, memorízalos, fotografíalos y detente un minuto para pensar en su importancia para quien los dejó ahí. No te los lleves de recuerdo o los destruyas, no le quites a otros futuros visitantes la oportunidad de verlos, asombrarse y aprender
  • Lleva una cámara fotográfica con mucha memoria o practica tu capacidad de memorizar, este lugar es inolvidable y merece formar parte de nuestros recuerdos

Puedes seguir otras aventuras de la editora de contenidos y operaciones turísticas de este post, Glena Riquelme, en ESTE LINK

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