Escapada a Caleta Cóndor 3: Campista de juguete

Llegar a esta localidad costera casi mítica fue un logro desbloqueado de mi lista de pendientes viajeros, pero no solo hay que llegar, también hay que estar y disfrutar de la estadía en este lugar.

Para eso decidimos quedarnos en el Camping “Las Cascadas”, que es el ubicado más al sur de la playa y más cerca del punto de interés que le da su nombre: las cascadas de Caleta Cóndor. Luis, el propietario, llegó a recibir a los pasajeros y, tras ayudar en el desembarque, ofreció su camping con agua caliente en los baños, mesones y una vista especial a la playa y la laguna que se forma a pasos del lugar. El valor es $2.500 por persona, por noche.

Además, si no quieres pasar el día intentando cocinar al aire libre, puedes comprar en su casa alguna de las diferentes empanadas que ofrece Odette: de carne, mariscos, lapa y loco, jaiva y queso, y queso, a diferentes precios según el relleno elegido. Varían entre los $5.000 y los $7.000 la docena y son suficientemente satisfactorias como para que una docena sea más de lo que dos personas necesitan comer.

Junto a la contratación de la lancha, contratamos el servicio de pensión completa con la familia Vargas (por $18.000 al día cada persona), quienes además tienen hospedaje. La pensión contemplaba desayuno, almuerzo y cena en su casa, donde compartimos con huéspedes y la familia en gratas conversaciones. Y como suele pasar con el cliente goloso, nos regaloneaban con pan amasado recién salido del horno o jugos naturales que disfrutaríamos durante nuestra estadía.

Pero en la llegada… la bienvenida menos agradable fue rodeadas de unos absolutamente odiables anfitriones, los tábanos coliguacho (scaptia latia) y algunos grises (dasybasis). Como todos en el sur saben, estos bichitos cargantes suelen desaparecer por el 20 de enero, pero JUSTO este año aparecieron tardíamente, extendiendo sus 20 días de reinado en las playas hasta principios de febrero.

Agitando los brazos cuando sentía que dejaban de zumbar, invariablemente porque se habían posado en alguna parte listas para picar (sí, son las hembras del colihuacho las que pican), buscamos sitio de camping en la zona más cercana a los baños, por las carreras nocturnas, y con eso logramos una vista bastante aceptable.

Aquí viene la parte de las confesiones.

Han de haber pasado unos 15 años desde la última vez que había armado una carpa hasta ese día. No salió tan mal como habría esperado. Es más, no se desarmó ni se la llevó el viento incesante del primer día. Claro que cuando tienes algo de obsesión compulsiva te molesta que los vientos no queden alineados equidistantes unos de otros.

Tras una hora de armado en la búsqueda de la perfección, desechamos esa idea para seguir con el inflado del colchón ¿Han inflado un colchón de camping alguna vez? El folleto no decía nada útil (realmente no es que sea necesario pero esperaba algo tipo: presione en el punto 1 con el pie repetidamente hasta que blablablá), pero tras varias pruebas e intentos de abandonar para ir a almorzar, quedó armado el hogar provisorio.

¿Siguiente paso? Obviamente formar desorden de pertenencias en cualquier espacio disponible.

Con la satisfacción del trabajo cumplido procedimos a devorar un pescado con papas y ensaladas, mientras conversábamos con una huésped que compartía los siguientes “hay que ir”: a las cascadas, están a 15 minutos máximo de camino; al mirador, son 45 minutos de subida por el bosque; si se quedan varios días como para recuperarse (cuando te dicen “recuperarse” es importante revisar a consciencia si eres un deportista de nulo rendimiento) pueden ir a Playa Rano, son 4 a 5 horas de ida y lo mismo de vuelta.

Desechando la última opción para esta oportunidad por falta de tiempo, decidimos animarnos con las otras dos opciones de trekking y quizás algo más. Terminada la sobremesa solo tenía una cosa en mente: siesta. Por lo que no hay mucho que contar de la siguiente hora, pero después ¡Ah maravillas de Chile! fue tarde de playa.

Tranquilidad creo que sería la mejor forma de describirlo. Había más gente en la playa pero suficientemente lejos como para no oírlos o ser incomodado por su presencia. Además pienso que todos estábamos en la misma frecuencia. Esta jornada fue mi primer encuentro cercano con el mar y efectivamente solo tiene el color del mar caribe. A la tercera oleada sales mecánicamente porque estás perdiendo la sensibilidad de tus extremidades. Y había calor, el fin de semana más caluroso del verano del 2019 en el sur.

Recorrer la playa, tomar fotos, quedarse pegada con los paisajes, caminar más, tomar fotos, quedarse pegada… y así. Identificamos el minimarket, los kayak y finalizamos el recorrido regresando al camping.

Curiosamente, al rato de hostigar y cuando ya has cacheteado satisfactoriamente a un par de colihuachos, te dejan de molestar y van en búsqueda de nuevos incautos… hasta que te cambias de ropa. Dicen que siguen los colores oscuros, pues llevé una chaqueta roja y un polerón rosado y no me sentí para nada beneficiada.

Tras la cena, nuevamente muy conversada y compuesta por una reponedora cazuela de vacuno. Apagamos transmisiones con todo el ánimo de hacer todo lo que alcanzáramos al día siguiente. Inocentes palomitas.

Despertando sin quejas y pensando en el desayuno transcurrieron los primeros minutos de nuestro día completamente dedicado a Caleta Cóndor ¿Los planes? Las cascadas y el mirador + disfrutar de un rato de playa.

El día anterior nos había contado una contertulia del almuerzo que los jóvenes del lugar acostumbran ofrecer sus servicios como guía al Mirador, Playa Rano y otros lugares como el camino a Río Negro o Caleta Huellelhue. Uno de ellos pasó por el camping contando que a las 17:00 haría una salida al Mirador por $2.000 por persona y que además hay que llevar otros $2.000 para pagar el ingreso a la propiedad en que está ese punto de interés turístico. Cerramos el trato y planificamos el día.

Con una buena provisión de protector solar y algo de repelente (que funcionó) procedimos a disfrutar de las arenas cálidas mientras pensábamos ver llegar las lanchas con los pasajeros del fin de semana. Los que no vimos porque las lanchas no llegaron por la misma ruta de la mañana anterior, sino por aquella por donde saldríamos nosotras al día siguiente: la desembocadura del Río Cholhuaco.

Y de pronto ya era la hora de almuerzo para disfrutar de la cocina de Maribel, quien nos atendió cada día con prontitud, sencillez y generosidad. Pedimos indicaciones para ir a Las Cascadas y escuchando frases como “del estero siempre a la derecha”, “no hay sendero pero es fácil” y “no hay ninguna señalización o marca” nos dimos cuenta que sería mejor buscar alguien que nos diera al menos el punto de partida.

Pero antes: ¡Playa! Tras estar rotando como pollo en el asador cada 10 minutos durante 40 minutos ya habíamos acumulado calor suficiente para aguantar un poco más de 4 olas en el mar. Y no éramos el único caso. Era cómico y un poco impresionante ver personas correr desde lo alto de las colinas de arena, sin detenerse, hasta hundirse en el mar. Solo para volver a salir corriendo y ponerse al sol de nuevo.

Hicimos más o menos lo mismo, aunque en mi caso no fue planificado. Sino por culpa de una zapatilla de playa llena de arena que estaba vaciando en las olas y decidió irse con el oleaje y la fuerte corriente. La tuve que seguir 3 o 4 pasos y quedé tan mojada como si hubiera decidido sumergirme. El mar estaba pidiendo algún sacrificio y fue preferible entregarle un poco de mi dignidad y salir rápidamente a capturar más calor solar.

En esas vicisitudes llegó nuevamente el guía para avisarnos que por inconvenientes de una persona del grupo se iba a posponer la salida para las 20:00 horas. Aclarando que aún alcanzamos a ir y volver con luz de día y que pasaría por nosotras a esa. Accedimos y decidimos pasar la hora libre en la playa dormitando y luego hacer el camino a Las Cascadas.

Con zapatillas, calzas, cámara y actitud estuvo lista la indumentaria para la primera caminata. Fuimos a pedir indicaciones a don Luis, el propietario del camping y él amabilísimamente ofreció guiarnos por un camino más corto. La verdad es que el parecía muy feliz ante la idea de dejar de hacer labores domésticas en medio de la calurosa tarde y tener una excusa para internarse el bosque.

Efectivamente el camino a Las Cascadas no toma más de 15 minutos. Aunque más que trekking, lo nuestro fue escalada.

Hubo partes en que sin la capacidad de ejercer fuerza levantando bultos (o sea a mí) de una roca a otra de parte de don Luis, creo que no habríamos llegado. Pero valió la pena.

El lugar ya había congregado a otros visitantes sentados disfrutando del rumor del agua al caer. Breves y humorísticas conversaciones daban un marco muy grato al momento. Y ver a una señora con un bastón improvisado fue la prueba que el otro camino había de ser más fácil de recorrer.

Regresamos viendo lo rápido que se acercaba el sol al horizonte formado por las colinas de la Cordillera de la Costa que caen al mar en este sector. Con más ropa abrigada y comenzando a sacar cuentas sobre la hora de regreso y la cena esperamos la llegada de nuestro guía. Bueno, no esperamos mucho. A las 20:20 horas ya estaba suficientemente oscuro para cambiar de opinión sobre la subida al Mirador. Sumado al apetito que comenzaba a sentirse (es cierto eso que dicen que el aire marino da hambre!). Decidimos ir a cenar y dejar ese trekking para la próxima visita a Caleta Cóndor.

A la mañana siguiente verificamos que habría sido poco inteligente hacer esa ruta la noche previa al viaje de regreso.

Tras acordar la lancha de regreso y cenar, llegó el momento de apagar transmisiones y prepararse mentalmente para el regreso.

El regreso sería en la lancha de las 11 de la mañana. Por lo que a las 8:00 comenzamos las labores de desarmar el campamento. Solo diré que obviamente nada entraba tan holgado al volverlo a guardar en sus estuches o bolsos. Pero logramos guardarlo todo y llegar al último desayuno, en que nos sobrecargamos de pan amasado a medida que salía del horno. Perfección.

Tras las despedidas, agradecimientos y promesas de volver, arrastramos nuestras mochilas y cuerpos hasta la playa. El viaje de regreso tuvo el mismo magnífico paisaje, pero esta vez compartíamos lancha con un grupo incesantemente parloteante de señoritas de bien que se parapetaron en popa sin dejar espacio a otros pasajeros. Por lo que nos instalamos en el interior, a disfrutar del suave avance de la lancha internándose en el día más caluroso que ha vivido el sur en los últimos 80, 90 o 100 años, dependiendo del lugar.

Llegamos sin novedad, excepto la del calor que arreciaba y que acompañaba el hambre y la sed propios del mediodía. Sin aplicar otro criterio que el de “que tenga ventanas, aire y una mesa disponible” buscamos dónde comer y elegimos una cocinería llamada La Picada del Potro. Solo puedo culpar al calor. Pero fue la peor decisión de todo el viaje.

Que tardaran en ir a preguntar si nos estaban atendiendo debió ser una señal. Que solo tuvieran 2 opciones de menú y una de ellas tuviera retardo de 10 minutos aproximadamente, debió haber sido una alerta. Pedí merluza con ensaladas y agua. La cuenta fue de $6.000 y francamente me sentí estafada. La merluza estaba en excelente punto de cocción y con buen sabor, pero ¼ de tomate y 6 láminas de pepino en extra sal y extra extra aceite vegetal, no hacían justicia al precio (no me la pude comer por el exceso de sal). Tal vez fue el medio limón el que tenía todo el costo a su haber.

Salimos de ahí a las 14:40 horas, profundamente decepcionadas. Comenzamos a arrastrarnos por el camino buscando alguna sombra donde esperar el bus que nos llevaría a Osorno. No éramos las únicas y había mucha gente llegando a comer tratando a su vez de huir del calor. Calor que me estaba haciendo pensar que no habría forma de caminar hasta el paradero de la plaza, en el caso que llegaran muy llenos los minibuses, cuando nos encontramos nuevamente con “Anada” y su dueño Felipe, trabajando en el food truck que les comenté en el post anterior.

Fue el momento preciso para levantar la moral viajera. No solo tenía sombra, asientos y una grata conversación para pasar los minutos. También nos tuvo compasión y nos llevó a la parada de la Plaza de Bahía Mansa, cuando pasaron cerca de 2 horas sin avistar ningún minibus.

Eso sí, hicimos una escala para conocer el Camping Friendship y que se nos hiciera agua la espalda con esta hamaca:

Gracias a Felipe (¡Gracias Felipe!) llegamos al paradero en el momento preciso en que llegaba un minibus con dos asientos disponibles y rumbo a Osorno. Ya en el terminal de Osorno encontramos buses de vuelta a Los Ríos rápidamente y se acabó este viaje que pronto repetiré. Ese Mirador no se fotografiará solo ¿verdad?

Recomendaciones

  • Visitar Caleta Cóndor. Sí, suena obvio, pero lo explicito porque leí mucho sobre lo difícil que es llegar y que casi es una prueba de selección a la que solo sobreviven los más aptos. Pues si alguna vez lo fue, ya no. Sé que tuvimos muy buena suerte y Poseidón nos regaló un mar calmo en la ida y regreso. Pero si no te toca tan buen tiempo, al menos tendrás una aventura que contar y las lanchas son seguras, siempre que no te propongas hacer cosas que sean un riesgo para ti o los demás pasajeros.
  • Itinerario: este viaje me enseñó que no todos los destinos turísticos se pueden programar. Incluso si eres un freak del control, puedes aprender a disfrutar y hasta decidir quedarte un día más, sólo porque sí. Parece que eso pasa bastante en este lugar.
  • La predisposición del ánimo: vi gente con muchas ganas de hacerlo todo outdoor disfrutando de paseos en kayak o a caballo; también vi gente (y me uní a ellos) disfrutando de lo simple y tranquilo del lugar. Creo que hay espacio para entrar en sintonía con las opciones disponibles y disfrutar de ellas. Elige la tuya llegando allá.
  • Presupuesto: Sumando gastos planificados y los que no (como los perfectos jugos naturales de Maribel a media tarde), desde que salí de Valdivia y hasta que llegué a casa mi gasto total no superó los CLP $120.000 (pesos chilenos), es decir USD $175 (dólares) o €165 (euros)

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